De las reflexiones "Profanando el Estado Liberal".
Por Luz Ángela Gómez Jutinico.
Durante muchos años, el Estado fue un lugar al que se entraba con solemnidad y del que se hablaba en voz baja, como si fuera un territorio sagrado reservado para unas pocas personas. Quienes lo habitaban aprendieron a caminar con títulos en la espalda, a ejercer la distancia como método, a sostener un aire de superioridad que separaba al servidor público del pueblo. En esos tiempos, el abrazo no era costumbre: parecía impropio, casi prohibido, como si la cercanía restara autoridad o pusiera en riesgo la aparente neutralidad de la institución.
Pero hoy atravesamos una transformación profunda. Con el gobierno popular, con el proyecto político del cambio, emerge una comprensión distinta del poder: ya no como privilegio, sino como responsabilidad; ya no como superioridad, sino como servicio. En esta transición, la política del amor se vuelve un pilar fundamental, no para romantizarlo, sino por convicción ética y sentido histórico.
La política del amor reconoce que la justicia no se escribe en normas, procedimientos y lineamientos sino en gestos. Que el reconocimiento de la dignidad del pueblo no se decreta desde una oficina, sino que se practica en el encuentro cotidiano: en escuchar de verdad, en agacharse para estar a la altura de la palabra de una niña o un niño, en bailar junto a las mujeres, en caminar al ritmo de las comunidades, en respetar sus tiempos, sus dolores, sus memorias, sus alegrías y sus símbolos.
Amor es también cercanía: mirar a los ojos, usar un lenguaje común, permitir que las manos del Estado estén tibias, no frías, encarnadas en seres humanos que cuidan. Amor es comprender que el pueblo no llega a las instituciones a pedir favores, sino a ejercer derechos. Amor es desmontar la arrogancia que por décadas marcó las oficinas públicas, y reemplazarla por la humanidad del que sirve, del que sabe que el poder pertenece a la gente y que desde las instituciones del estado solo nos debemos al mandato popular.
Por eso, en este tiempo, las y los servidores públicos tenemos un encargo profundo: sostener la política del amor como práctica diaria, como brújula que orienta decisiones, como método para resolver conflictos y como ética para relacionarnos con quienes confían su vida y sus derechos en las instituciones. Esta política del amor no es una metáfora: es una forma concreta de hacer justicia social, de reparar la distancia histórica entre el Estado y la ciudadanía, de construir un país donde la dignidad no sea una promesa sino una experiencia cotidiana.
En el gobierno popular, el amor se vuelve política precisamente porque es capaz de crear comunidad, de derribar muros, de sanar heridas y de recordar que todas las transformaciones profundas comienzan en lo humano. Hoy sabemos que el Estado no pierde nada cuando abraza; al contrario, gana legitimidad, gana confianza, gana sentido. Y sabemos también que el pueblo nunca ha dejado de tener ritmos, palabras, gestos y sabores propios, y que es deber nuestro acercarnos a ellos con respeto, ternura y escucha.
Así, en esta transición, dejamos atrás la época en la que algunos se sentían dueños de la entidad pública y recuperamos un horizonte más nítido: el del servicio público amoroso, cercano, comprometido con la vida, con la justicia y con la alegría del pueblo. Un Estado que abraza no desde la condescendencia, sino desde la igualdad; un Estado que reconoce, que acompaña y que camina con su gente.
Porque la política del amor no es una consigna: es la posibilidad real de que el Estado vuelva a ser hogar para todas y todos. Es el compromiso de no olvidar nunca que el cambio empieza por la manera en que tratamos al pueblo del que también somos parte. Es recordar que el poder sin amor es dominio, pero el poder con amor es cambio.